martes, 25 de julio de 2017

En los platos posan cosa muerta con piel * Sabri Rayo Canción


En los platos posan cosa muerta con piel
fritamente crujiente
corazón quemado
abrasado
chamuscado
ensopado
en aceite refinado


no come sin sangre
chorrea en jugo un polvo
sobre caldo fluorescente no identificado
corazón hervido
exigido y solo
desconocido
recalentado


sala a pedido de la parca
muele trucos y aderezos
odex y pimienta a disgusto
corazón explosivo
tensionado
arrítmico
reciclado


huele a espera
luce áspero
sabe ácido
en la lengua densa sobra
cosa muerta con piel
¿qué hicieron?
falta un gusto
se avecina la fecha de podrido
que pique, que despierte
falta un gusto
¡revivan los sentidos!
¿qué hicieron?
falta un gusto
corazón vencido
cae y pica
en bandeja plateada y pinzas
sin haber probado nunca
el gusto
de ser lamido
por otro ser vivo.





Sabrina Rayo Canción, 2017.
Desde los talleres de Siempre de Viaje.


Martin Parr

sábado, 22 de julio de 2017

ciénaga * Lorena Suez







Hay una ciénaga junto a mi ventana
un lodazal vivo que se agita
los días de sol
barro oscuro que me invita a tomar el té
planicie de cemento
traga
disimula inocencia pero sé
conozco esa fuerza
desde mi cama
              escucho el arrullo
las aguas espesas
el viento tibio que empuja las paredes
veo los surcos del sol
el árbol que sobrevivió al hachazo
veo los desgraciados helechos
austeridad de un jardín que nadie cuida
y crece salvaje crece
alimentado por la lluvia
acueductos invisibles de mi pantano
desde mi cama
junto a las cortinas blancas
impecables
junto a mi mueble de roble adornado con collares y pañuelos
desnuda y quieta
veo que corre incesante un río de lodo
me nombra opulento
me pide que salga de la cama
              hay profundidades
en las que no es necesario dormir
ni pensar
en las que puedo ser
muñeca sin sexo
articulada
figura de plastilina
carnes finas y plástico adecuado
me grita la ciénaga
la normalidad de los vestidos
del silencio apocado
me exige asentimiento
que me entregue
me grita no es bueno tener un barco sobre la cabeza a merced del viento
no se puede cargar flores detrás de las orejas
sobre las muñecas
entre los dedos de los pies
me grita
que me abandone
salte por la ventana
me olvide de mí
me entregue al agujero negro

muñeca ahuecada
flotando
en el lodo.


Lorena Suez, 2017.
Desde los talleres de Siempre de viaje.

jueves, 20 de julio de 2017

Clavel * Club de Lectura de Silvina Ocampo


Clavel era blanco y castaño. Las puntas de sus patas eran castaño oscuro, los ojos vivos, el pelo enrulado. Lo conocí en Tandil, en una casa de campo donde fui en mi infancia a veranear con mis padres. Me esperaba moviendo la cola, en la puerta de mi cuarto, a la hora de la siesta. Después de  cinco días de conocerme, me seguía por todas partes y me quería más que a sus amos. Sus modales eran extraños e incómodos; se abrazaba a mis piernas, o a mi espalda, arqueándose como un galgo, cuando yo estaba sentada en el suelo. La amistad que yo sentía por él no me permitía juzgarlo severamente. Que fuera mal educado, que me levantara la falda con el hocico, no lo disminuía en mi estima.
Un perro no puede conducirse como un hombre, yo pensaba. Hace cosas raras, cosas de perro. Esas cosas de perro me perturbaban. Esas cosas de perro parecían más bien de hombres. Me repugnaba a veces. Yo le daba azúcar, pero lo mismo era que no se la diera.
La hija del casero tenía la misma edad que yo, la llamaban "La boba" y estaba confinada en el último cuarto del caserón, dedicada a remendar las medias de sus padres y hermanos, con un huevo verde de material plástico lleno de agujas, que me fascinaba.
—Tan chiquita y remendando —decía mi madre—.
A ella también Clavel la quería; era natural porque hacía mucho tiempo que se conocían. ¡Pobre Clavel!, su vida de perro consistía en visitarla y en visitarme, por turno. Rara vez nos encontrábamos los tres juntos. Supongo que mis padres me llevaban a hacer excursiones en las horas que ella tenía libres para jugar y en las horas que yo estaba en la casa la mandarían a hacer compras.
Me despedí con pena de Clavel; con menos pena de Bobita. Al poco tiempo supe, de un modo indirecto, que el casero había asesinado de un balazo a Clavel. Cuando pregunté por qué, obtuve diversas respuestas: Clavel estaba rabioso; el casero estaba loco; Clavel había mordido a la hija del casero. Conservo una fotografía de Clavel, pero no parece el mismo perro. Nadie lo enterró y algunas personas de la familia hablaron mal de él.


Silvina Ocampo, Los días de la noche.

Witkin




domingo, 16 de julio de 2017

Afuera * Federico Castro Walker


Me rodean paredes de piedra, rojas a la luz de un fuego de lava que sale por las grietas en el piso. De un rojo fosforescente. Miro hacia todas partes. Quiero huir como sea. El aire es denso y asfixiante. La cueva es parte de un túnel. Hacia la izquierda el fondo es más rojo y suben volutas de humo. Voy hacia el lado opuesto. Con la débil esperanza de una salida. A los costados, tallas tamaño natural de monstruos sostienen el techo bajo. El reflejo oscilante de los fuegos sobre las superficies les da aspecto viviente. Trato de no darle lugar al terror que me invade. Los autores de las estatuas pueden estar muy cerca. Cuido el paso, para no ser oído o atascarme en las heridas rojas. No entiendo por qué estoy acá. Lloro sin lágrimas. El tiempo se me hace interminable. Las grietas se van espaciando. El aire, aún caliente, es más respirable. Las hendiduras desaparecen. Las siluetas de las figuras me siguen amenazando. Sus rostros, máscaras de sonrisas torcidas y colmillos filosos. El espanto se me agolpa en el cuello, preferiría enfrentarme a cualquier criatura antes que este miedo.
Veo menos. Siento una corriente de aire fresco, sale de una cavidad y me meto en ella arrastrándome en la oscuridad. Mis ojos se adaptan, emanan un destello de luz. El aire me orienta cuando se abren bifurcaciones. La cavidad se va haciendo aún más estrecha. Casi no me puedo mover. El corazón se me acelera al infinito. Un animal me puede encontrar así indefenso. Me rebelo, agitándome hacia adelante. Ahora el agujero se vuelve apenas más amplio y describe una curva. No me quiero ilusionar, la frescura es intensa y hay algo de luz, difusa. El espacio se agranda. Ya puedo caminar inclinado. Ahora normal. Me siento libre. Por fin veo una salida abierta y de fondo el cielo.
El aire y la hendidura abierta me recuerdan quien soy. Ahora temo seguir adelante. Miro mis pies y mis manos con ojos incandescentes. Me toco el pecho agrietado, los dientes como cuchillos. Soy de ceniza, roca y lava. Ya no importa. Salgo a ver el día y respirar a pleno por primera vez, antes de que el sol me convierta en piedra.


Federico Castro Walker, 2017.
Desde los talleres de Siempre de viaje.



martes, 11 de julio de 2017

domingo, 9 de julio de 2017

Minuto color * Melina Litauer


Sobre el blanco de la tela
inicia su descenso 
el amarillo de cadmio

firme y decidido
se abre paso

nada lo detiene 
todo lo transforma.

Toca el borde azul de una laguna  
y en sus orillas crece
el verde de la hierba
la profundidad del Prusia lo invade 
hasta hacerlo tiritar de frío.
 De repente
se desvía
se aleja de ese témpano de hielo
enciende el brillo
recobra su tibieza 

sigue bajando lento
mientras se acerca al fuego
de una mancha bermellón 
que lo seduce
acaricia
envuelve
y le regala el naranja
en la amalgama de un beso.  
Resbala
se desliza 
va repasando el reguero 
que ha dejado sobre la tela:
trazos de luz en lo alto
verde musgo en la rivera 
verde azulado en el agua 
amarillento en la grama 
el inglés profundo y frío
el rojo fuego 
con el beso anaranjado

y al terminar
ya sin fuerzas 
llega por fin al abrazo
de morados y violetas 
que lo amansan 
y completan.



Melina Litauer