miércoles, 22 de noviembre de 2017

Los ojos de los pobres * Charles Baudelaire


¿De modo que quieres saber por qué te odio hoy? Te será, sin duda, más difícil entenderlo que a mí explicártelo, pues creo que eres el más bello ejemplo de impermeabilidad femenina que cabe encontrar.
Habíamos pasado juntos una larga jornada que me resultó corta. Nos habíamos prometido que nos comunicaríamos todos nuestros pensamientos el uno al otro y que en adelante nuestras almas serían una sola; claro que este sueño no tiene nada de original, como no sea que ningún hombre lo ha visto realizado, aunque todos lo hayan concebido.
Al anochecer, como estabas algo cansada, quisiste sentarte en la terraza de un café nuevo que hacía esquina con un bulevar también nuevo y todavía lleno de escombros, que ya mostraba su esplendor inacabado. El café estaba resplandeciente. Hasta el gas del alumbrado desplegaba todo el fulgor de un estreno e iluminaba con toda su fuerza las paredes de una blancura cegadora, las superficies deslumbrantes de los espejos, los dorados de las molduras y cornisas, los mofletudos pajes arrastrados por perros con correas, las damas sonriendo al halcón posado en el puño, las Hebes y los Ganímedes ofreciendo con los brazos extendidos un ánfora con jaleas o un obelisco bicolor de helados con copete; toda la historia y toda la mitología puestas al servicio de la glotonería.
En la calzada, justo delante de nosotros, se había plantado un buen hombre de unos cuarenta años, con cara de cansancio y barba entrecana, que llevaba de una mano a un niño, mientras sostenía en el otro brazo a una criaturita demasiado pequeña para andar. Estaba haciendo de niñera y llevaba a sus hijos a tomar el fresco de la noche. Todos iban andrajosos. Los tres rostros estaban extraordinariamente serios y los seis ojos contemplaban fijamente el café nuevo, con igual admiración, aunque diversamente matizada por la edad.
Los ojos del padre decían: “¡Qué precioso, qué precioso! Se diría que todo el oro de este pobre mundo se ha concentrado en esas paredes”. Los ojos del niño exclamaban: “¡Qué precioso, qué precioso!, pero ése es un sitio donde sólo puede entrar la gente que no es como nosotros”. En cuanto a los ojos del más pequeño, estaban demasiado fascinados para no expresar más que una alegría estúpida y profunda.
Dice la letra de una canción que el placer hace a las almas buenas y ablanda los corazones. Por lo que a mí se refería, la canción tenía razón esa noche. No sólo me había enternecido aquella familia de ojos, sino que me sentía un tanto avergonzado de nuestros vasos y de nuestras jarras, mayores que nuestra sed. Había dirigido mis ojos a los tuyos, amor mío, para leer en ellos mi pensamiento; me había sumergido en tus ojos tan bellos y tan extrañamente dulces, en tus ojos verdes, habituados por el capricho e inspirados por la luna, cuando me dijiste: “¡No soporto a esa gente con los ojos abiertos como  platos! ¿No puedes decirle al encargado del café que los eche de ahí?”
¡Hasta qué extremo es difícil entenderse, ángel mío! ¡Hasta qué extremo es incomunicable el pensamiento, incluso entre aquellos que se aman!


Charles Baudelaire, El spleen de París.


Manet. Coin de café concert. 1880

martes, 21 de noviembre de 2017

A la una de la madrugada * Charles Baudelaire

¡Al fin solo! No se oye más que el rodar de algunos rezagados y desvencijados carruajes. Durante unas horas poseeremos el silencio, ya que no el reposo. ¡Por fin!; ha desaparecido la tiranía del rostro humano y sólo sufriré por mí mismo.

¡Al fin me está, pues, permitido relajarme en un baño de tinieblas! Ante todo, doble vuelta a la cerradura. Pienso que esa vuelta de la llave aumentará mi soledad y hará más fuertes las barricadas que ahora mismo me separan del mundo.

¡Horrible vida! ¡Horrible ciudad! Recapitulemos la jornada: haber visto a varios hombres de letras. uno de los cuales me preguntó si se podía ir a Rusia por tierra (sin duda tomaba Rusia por una isla); haber discutido generosamente con el director de una revista, el cual, a cada objeción, respondía: "Este es el partido de la gente honesta", lo que implica que los demás periódicos están hechos por tunantes; haber saludado a una veintena de personas, quince de las cuales me eran desconocidas; haber estrechado manos en la misma proporción, y ello sin hber tomado la precaución de comprar unos guantes, haber subido, para matar el tiempo, durante un aguacero, a la casa de una mujer casquivana que me rogó le diseñara un vestido de venustez; dar la coba a un director de teatro, el cual, al despedirme, me decía: "Tal vez hiciera mejor en dirigirse a Z...; es el más plúmbeo, el más tonto y el más celebre de todos mis autores; quizás con él pudiera usted llegar a algo. Véale y después nos veremos"; haberme vanagloriado (¿por qué?) de algunas viles acciones que nunca he cometido y haber negado otras fechorías que hice con gusto, delito de fanfarronería, crimen de respeto humano; haber negado a un amigo un fácil servicio y dado una recomendación por escrito a un perfecto sinvergüenza. ¡Uf! ¿Eso es todo?

Descontento de todos y descontento de mí, bien quisiera rescatarme y recobrar algo de orgullo en el silencio y la soledad de la noche. Almas de aquellos a quienes he amado, almas de aquellos a quienes he cantado, reconfortadme, sostenedme, alejad de mí la mentira y los corruptos vapores del mundo. ¡Y Vos, Dios mío, concededme la gracia de hacer algunos versos bellos que me prueben a mí mismo que no soy el último de los hombres, que no soy inferior a los que desprecio!



Charles Baudelaire, El spleen de París.

Edouard Manet


domingo, 19 de noviembre de 2017

secreto * Sabri Rayo Canción




secreto 

a la hora de la siesta
el aire gira en el jardín
una flor rompe el cemento
un segundo suspende el tiempo
nos miramos a los soles 
y las estatuas
bailan.











Texto y collage de Sabri Rayo Canción, 2017.

viernes, 17 de noviembre de 2017

Soy un protón-electrón recargado * Maricel Witomski


Soy un protón-electrón recargado
reboto entre magnetos
soy energía macerada
un punto único
átomos de furia excitándose
acumulándose en moléculas ovilladas
una antipartícula
un cuerpo de campanazos rajando vidrios
no hay freno
tambalea el equilibrio de la materia
inclinando el universo
el cielo vuelca su inmensidad dentro de mí
salto entre elipses girando
con el spin desatado
viajo por órbitas internas
disparando contra corpúsculos de historia
no hay antídoto para el fin
mis piernas caminan en círculos
neuronas despeinadas
se aferran a la lógica perdida
no conectan
no coordinan


pequeñas explosiones espaciales
detonan las manos
amnesia de mis formas primitivas
aturdida de excesos,
de luz
el aura cósmica me penetra
estrellas, cometas, agujeros negros


Estallo


con mi anarquía liberada
me acoplo al caos de las cosas que pasan.



Maricel Witomski, 2017.
Para Minuto Caos.



Loui Jover












jueves, 16 de noviembre de 2017

Minuto Caos * Federico Castro Walker


Me desorganiza. 
Me hace lento el progreso. 
Tiene una especie de simpatía. Del amigo denso que nos tira para atrás. 
No es capaz de remover las más profundas estructuras. Para nada. Igual, es muy eficaz complicando, diría invencible. Como en una práctica de lucha contra alguien resbaloso. 
Él cuenta con aliados letales: mi falta de atención, mi memoria inmediata renga y el dejar para después. Con eso solo me derrota. Casi siempre. 
No es que me impida hacer. Sí, en cambio, se ríe de mis proyectos ordenados y los va deshilachando. 
No llega a caos, ni de cabotaje. Le tengo más cariño del que quisiera.



Federico Castro Walker, 2017.
Para Minuto Caos.



miércoles, 15 de noviembre de 2017

Caos * Guille Manuel



Una señora estaciona el auto mientras grita: ¡Marina no te comas los mocos!. Marina salta en el asiento de atrás, se come los mocos y grita: ¡Marina no te comas los mocos con estofado!, entonces la madre choca contra el auto de atrás y el de adelante haciendo sonar las alarmas de ambos mientras las dos gritan al unísono. Justo cae un meteorito aplastando el auto y a ellas que quedaron cual figuras de libro de anatomía. Del meteorito, que se parte en el impacto, sale un nene vestido de rojo y azul que exclama: tengo que salvar al mundo de los malos... y sale volando. Entonces a la señora del puesto de flores, que vio todo, le da un sincope y se caga encima haciendo que el ciclista que pasaba se resbale y vaya a dar contra el acueducto que estaban arreglando y un gran chorro de agua ascienda generando una lluvia falsa. Entonces la chica china que esta sentada en el café de enfrente piensa: chuan chin chun chen chin chong, que en subtítulos se lee: que tiempo loco, ya no se puede confiar ni en los meteorólogos.


Guille Manuel, 2017




martes, 14 de noviembre de 2017

Caos * Beto Chiariotti


  Les recuerdo a todos que yo fui alga. Durante doscientos años acampé en el fondo soleado del mar. Me mecí en el suave corriente de la profundidad. Me empapé de soledad y aburrimiento. La luna alguna vez cantó su canción. En ese tiempo sólo vi pasar tres peces por mi zona. El primero fue un pez espada brillante y señorial que seguía su destino. Un túnel de agua en el agua era su vida lineal. Su tiempo. Los ojos mudos hacia adelante con perfecto andar. Compartimos el mundo por unos segundos y siempre tengo la duda de si me vió.  
  Algunas décadas después fui despertada de mi letargo por el paso lento del pez dios. Tan despacio avanzaba que tuvimos una charla de un año, hasta que no nos oímos más. Obtuve en ese encuentro divino, las respuestas a las cuestiones que más aquejan nuestro ser. El gran problema fué la complejidad de las respuestas. Es muy difícil para nosotros, seres intermedios, entender la lengua de la deidad. Guardé todos  sus verbos en nuestra memoria inmaterial y dediqué cada instante de mi último siglo a descifrar el haz de sabiduría con que fuí iluminado. 
  La vida casi inmóvil que transitaba y el aislamiento fueron un buen ambiente para la reflexión. Sin esa ocupación mi destino era la locura, la degradación por no soportar ser alga. Después de mucho esfuerzo había comenzado a descifrar las claves del universo. Los límites comenzaban a expandirse. Cuando las formas perdían su sentido ante el orden cósmico, cuando vislumbraba la disolución en la deidad, sucedió algo desquiciante.
  El pez japonés, cuya existencia era negada por todos; y cuando digo todos los incluyo a ustedes que ahora deciden mi destino, se materializó delante mío clavándome una mirada desesperada. Una frase tremenda e inexplicable rompió el silencio de la profundidad. "El agua es la sal y el caos". Dicho esto explotó en pedazos. La arena y el mar se fundieron en una masa descontrolada. Fui arrancada de raíz al igual que todos los seres vivos de allí abajo. Rodábamos, chocábamos y nos desarmábamos con violencia. Fuimos arrasados y reducidos a partículas. 
  Nada tuve que ver con la destrucción del tercer planeta, como acusan cobardemente los cófrades. Ni siquiera pensé en el apocalipsis fuera del mar. Mi único error fue escuchar al pez japonés y quizás a la deidad. Decidan como quieran. La apertura del agujero negro donde el caos es la nada ya es irreversible. Me llevo el consuelo de no volver a ser una maldita alga.


Beto Chiariotti, 2017.
Para Minuto Caos.